Estar bien con todos, aunque por dentro no lo estés

 

Hay días en los que parece que todo está en orden.
Hablas con todos.
Respondes mensajes.
Cumples con lo que esperan de ti.

Desde fuera, no hay señales de alarma.
No hay discusiones grandes.
No hay conflictos evidentes.

Y aun así… sabes que no estás bien.

El cansancio de intentar

Te esfuerzas más de lo que la gente imagina.
Piensas antes de hablar.
Repasas tus palabras en tu cabeza.
Te preguntas si dijiste algo mal, si sonaste fría, si fuiste demasiado sensible, si exageraste.

Intentas ser comprensiva.
Intentas no herir.
Intentas adaptarte.

Y eso cansa.
Cansa porque no es natural vivir en constante corrección de ti misma.

Cuando el esfuerzo no sirve

Lo más doloroso no es equivocarte.
Es darte cuenta de que, incluso haciendo todo “bien”, algo sale mal.

Que aun cuidando cada gesto,
alguien te mira con dureza.
Que aun dando lo mejor,
alguien te devuelve indiferencia o palabras filosas.

Y entonces llega esa sensación amarga:
nada de lo que haga es suficiente.

No porque seas débil,
sino porque hay personas que siempre encuentran una razón para ser crueles.

La crueldad silenciosa

No siempre la crueldad grita.
A veces viene en forma de comentarios pequeños.
De miradas.
De tonos.
De silencios largos.

La crueldad también vive en lo cotidiano.
En minimizar lo que sientes.
En invalidar tus emociones.
En tratarte como si exageraras.

Y eso duele más que un ataque directo,
porque te hace dudar de ti misma.

Dudar de quién eres

Empiezas a preguntarte si el problema eres tú.
Si sientes demasiado.
Si deberías ser más fuerte.
Más dura.
Más fría.

Empiezas a esconder partes de ti para no incomodar.
A callar lo que sientes.
A sonreír cuando por dentro estás agotada.

Y así, poco a poco, te vas perdiendo.

La verdad incómoda

No puedes caerle bien a todos.
No puedes agradar a todos.
No puedes salvar todas las relaciones.

Y no porque no valgas,
sino porque la naturaleza humana no siempre es amable.

Algunas personas hieren porque no saben hacerlo distinto.
Otras, porque nunca aprendieron a cuidar.
Y algunas, porque proyectan en ti lo que no soportan de sí mismas.

No es tu culpa

Que tus esfuerzos no den resultado
no los hace inútiles.

Tu intención sigue siendo real.
Tu sensibilidad sigue siendo valiosa.
Tu forma de sentir no es un defecto.

No estás fallando por cansarte.
No estás fallando por sentir.
No estás fallando por no poder con todo.

Elegirte, aunque duela

Llega un punto en el que tienes que decidir
qué cargas seguir llevando
y cuáles soltar.

No para volverte insensible.
No para cambiar quién eres.

Sino para no seguir rompiéndote
intentando ser suficiente para todos.

A veces, estar bien no es estar bien con los demás.
Es aprender a estar un poco mejor contigo.

Aunque no todos lo entiendan.
Aunque no todos lo acepten.

Y eso, aunque no lo parezca,
también es una forma de valentía.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Cuando no sabes qué sientes (y eso también esta bien)

Amar, pero no saber demostrarlo

El miedo a decepcionar